La memoria del exilio no vive en los monumentos, sino en los resquicios. En los objetos que sobreviven escondidos, en las palabras silenciadas, en los cuerpos desplazados. Desde esa intuición trabajo mi obra: como una arqueología de lo que no fue dicho, de lo que se desliza por debajo de los relatos oficiales.
Los exilios contemporáneos —y los históricos— comparten una condición: el intento de borrado. Y es desde esa fractura que busco intervenir visualmente. Mis piezas combinan imágenes digitales con registros analógicos, intervenidos con capas de datos, manchas o cortes que evocan esa tensión entre lo que se conserva y lo que se pierde.
Utilizo metáforas visuales como muros, grietas, túneles y dobleces para sugerir que la memoria del exilio se desplaza en subterráneo, como una corriente eléctrica que a veces asoma y otras se oculta.
No me interesa tanto la narrativa épica del desplazamiento, sino sus pliegues íntimos: el diario que nunca se publicó, la carta que no llegó, la mirada que no se olvida. A través del arte intento darle presencia a lo ausente, como una forma de justicia simbólica.