La fotografía, desde su origen, ha sido medio de registro y al mismo tiempo, herramienta de ficción. Hoy, con la aparición de la inteligencia artificial como aliada creativa, se amplía su territorio hacia zonas antes impensables. En mi práctica, utilizo IA no como reemplazo del ojo humano, sino como extensión especulativa del mismo.

Combino imágenes tomadas por mí con resultados generados a partir de prompts narrativos, cruzando temporalidades y evocando escenas que nunca existieron, pero que podrían haber sido. En ese cruce, la verdad no se desvanece: se multiplica. La IA me permite experimentar con lo que la cámara no puede capturar: la memoria imaginada, la historia que falta.

Cada imagen es una pregunta: ¿esto ocurrió o es una invención poética? Y allí reside su potencia. Porque lo importante no es la veracidad, sino la posibilidad de afecto, de resonancia, de diálogo con quien mira.

No se trata de “realidad aumentada”, sino de sensibilidad expandida.

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