El retrato, a menudo considerado un gesto íntimo o celebratorio, ha sido históricamente un arma de control. Desde las primeras expediciones coloniales, los rostros “otros” fueron capturados para ser clasificados, domesticados, expuestos. La cámara, como extensión del poder colonial, no solo representaba: imponía narrativas.

En mi investigación visual me apropio de estos archivos coloniales —retratos etnográficos, estudios raciales— para intervenirlos desde la actualidad. No como parodia, sino como disputa. Los rostros desposeídos son resignificados, devueltos al presente con otras posibilidades de presencia.

Trabajo con técnicas digitales y soportes matéricos para crear tensiones: glitchs, desapariciones parciales, superposiciones con imágenes contemporáneas. El retrato ya no dice “esto eres”, sino “esto resististe”.

Mi intención es desmontar la supuesta neutralidad del dispositivo fotográfico y activar una mirada crítica sobre la historia visual heredada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *