No tengo nada contra lo bonito. Lo digo así, directo, para que no haya malentendidos. No tengo nada contra el arte decorativo, ni contra el kitsch, ni contra quienes llenan sus casas con cuadros que combinan con el sofá. Ese no es el problema. El problema es la impostura, el disfraz, la pretensión.

Miro exposiciones, catálogos, feeds de Instagram, y veo una constante: la tiranía de lo bonito-raro-grande. Una avalancha de piezas con formas abstractas vagamente orgánicas, colores sacados directamente de la paleta de Disney o del último algoritmo de diseño de interiores, tamaños descomunales para impresionar por volumen lo que no impresiona por contenido. Y todo ello presentado como «vanguardia», como ruptura, cuando en realidad es la convención más convencional que existe.

Es el arte perfecto para el lobby de un hotel cinco estrellas, para la sala de reuniones de un banco de inversión, para el restaurante que quiere aparecer en la lista de «places to be» de alguna revista de tendencias. No molesta, no incomoda, pero tampoco dice nada. Es una abstracción domesticada, una rebeldía de cartón piedra.

Y sí, si tuviera que hacer eso para comer, probablemente lo haría. Pero firmaría con pseudónimo, como quien sabe que está interpretando un papel en una obra que no escribió.

Mi trabajo camina en otra dirección. No por una voluntad consciente de antagonismo, aunque la hay, sino porque la libertad creativa me empuja a saltarme convenciones a la torera con un simple «me da la gana hacer esto así». Quizás sea una tara del conceptualismo, esa tendencia a creer que el arte todavía puede, debe, ser crítico. Esa obstinación en pensar que las imágenes no son meros objetos decorativos sino campos de batalla donde se disputan significados.

No es un ataque contra coleccionistas o instituciones. Ellos también son prisioneros de un sistema que ha convertido el arte en un activo financiero más, en un marcador de estatus, en un elemento arquitectónico. Lo que me inquieta es esa homogeneización estética que se está comiendo los espacios expositivos: lo bonito-raro-grande como fórmula infalible.

Y qué decir de esos «performances» grabados en reels acelerados donde vemos procesos de creación de paisajes, retratos y bodegones. Sí, a veces con materiales interesantes sobre soportes interesantes. Pero al final no son más que acrobacias visuales, acciones travestidas de arte, prestidigitación pictórica para impresionar al público generalista. Virtuosismo técnico que esconde la ausencia de preguntas, de riesgos, de pensamiento visual.

Respeto lo que hacen todos, incluso los que se creen artistas sin serlo. No es una cuestión de superioridad moral sino de coherencia personal. Nadar a contracorriente nunca ha sido una decisión estratégica en mi vida, sino una necesidad visceral, casi fisiológica. No sé hacerlo de otra manera.

Mi pintura habla desde la herida, desde la memoria fracturada, desde cuerpos dislocados. Utilizo lienzo crudo, arpillera, óleo espeso, no por nostalgia, sino por fricción. Cada superficie es un campo de batalla, cada gesto una resistencia. Y ahora que trabajo con imágenes digitales e inteligencia artificial, lo hago con la misma actitud: no para embellecer o simular, sino para cuestionar, para excavar en lo visible y hacer emerger lo que ha sido silenciado.

No aspiro a que mi obra decore espacios, sino a que los interrogue. No busco que combine con el sofá, sino que lo cuestione. En un sistema artístico donde el valor parece medirse en paletas de colores trendy y dimensiones instagrameables, insistir en un arte que incomoda, que se resiste a la digestión fácil, que se niega a ser reducido a su valor decorativo, es casi un acto de sabotaje.

Y sí, quizás estoy nadando contra una corriente demasiado fuerte. Quizás esta tiranía de lo bonito-raro-grande sea imparable. Pero seguiré pintando vírgenes trizadas, animales enfrentados, cuerpos que no buscan redención sino presencia. Seguiré usando la inteligencia artificial para reconstruir lo silenciado, no para generar más imágenes inofensivas. Seguiré trabajando como quien excava, como quien hace visible lo ausente. No por antagonismo programático, sino por necesidad existencial. Es decir, por pura obstinación.