Llevo días inmerso en estas pruebas de papel. El estudio huele a barniz y a esa combinación inconfundible de óleo y acrílico que siempre me ha acompañado. Pero ahora, junto a mis pinceles y espátulas, reposan impresiones digitales sobre diversos papeles Canson. Es como si dos mundos estuvieran negociando un tratado de paz sobre mi mesa de trabajo.

No es casualidad. Mi pintura siempre ha operado desde esa tensión entre presencia y ausencia, entre lo visible y lo silenciado. Ahora, estas pruebas con diferentes gramajes y texturas de papel son una extensión natural de esa búsqueda, un puente entre mi práctica pictórica tradicional y este nuevo territorio donde la inteligencia artificial se convierte en colaboradora.

El papel verjurado me fascina especialmente. Esas líneas sutiles que evidencian su fabricación me recuerdan que toda tecnología, por avanzada que sea, tiene un origen artesanal, material. Cuando imprimo sobre él imágenes procesadas por IA, siento que estoy creando un diálogo entre tiempos distintos: el algoritmo contemporáneo y la tradición papelera centenaria conviven en un mismo espacio.

Me sorprende cómo cada papel reacciona de manera única a las tintas de la impresora. El Canson Infinity, con su superficie mate, absorbe la tinta de una manera que me recuerda a cómo el lienzo crudo recibe el óleo en mis pinturas — con esa resistencia inicial que luego se transforma en integración profunda. Es como si el soporte digital también pudiera tener su propia materialidad, su propio carácter.

Lo que busco no es la perfección técnica. Si quisiera eso, simplemente enviaría mis archivos a un laboratorio profesional. Lo que me interesa es precisamente ese momento de fricción, cuando la imagen digital se encuentra con la resistencia del mundo físico. Por eso experimento con pegamentos libres de ácido, superponiendo capas, creando collages híbridos donde lo impreso y lo pictórico se contaminan mutuamente.

Las intervenciones con óleo sobre las impresiones no son retoques ni correcciones; son interrupciones, preguntas que lanzo a las imágenes. Cuando aplico pinceladas gruesas sobre una imagen procesada algorítmicamente, no estoy embelleciendo ni restaurando, estoy introduciendo una tensión, una grieta en la aparente neutralidad de lo digital. Es el mismo gesto que he usado durante años en mis lienzos y arpilleras, pero ahora en diálogo con un nuevo tipo de imagen.

La elección de qué papel usar para cada pieza se ha convertido en parte crucial de mi proceso creativo. Un papel brillante puede dar a la imagen histórica intervenida por IA una presencia casi fantasmagórica, mientras que una superficie muy texturada puede anclarla en el presente con toda su materialidad. No son decisiones técnicas, son decisiones conceptuales que afectan directamente a cómo se lee la obra.

En el fondo, estas pruebas con papeles, barnices y técnicas mixtas son una forma de resistencia. Frente a un mundo donde todo parece desmaterializarse en pantallas y algoritmos, insisto en la presencia física, en la huella, en el rastro. Uso la inteligencia artificial no para alejarme de la materia sino para regresar a ella de otra manera, con nuevas preguntas.

Mi obra pictórica siempre ha hablado desde lo que duele, desde lo que no se archiva. Estas experimentaciones son una continuación de ese camino: las imágenes generadas o intervenidas por IA también pueden ser heridas, también pueden ser abiertas y cuestionadas. Y el papel, con su fragilidad y su resistencia simultáneas, se convierte en el campo donde estas tensiones se materializan.

Mientras espero a que sequen estas últimas pruebas de impresión intervenidas con óleo, pienso que este proceso no es tan diferente de cuando me enfrentaba a un lienzo en blanco. La diferencia es que ahora el diálogo incluye más interlocutores: la fotografía, el algoritmo, la tradición pictórica y el soporte físico, todos participando en una conversación sobre memoria, presencia y ausencia. Una conversación donde la materia sigue teniendo la última palabra.

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